Guía de observación de aves en Costa Rica
Costa Rica ha sido desde hace mucho tiempo un destino célebre y consagrado para los observadores de aves más experimentados del mundo. Sin embargo, lo más fascinante es que muchos viajeros que jamás habrían considerado esta actividad en sus países de origen, quedan cautivados rápidamente al ingresar al territorio debido a nuestra espectacular diversidad aviar. Con un registro que roza las 850 especies de aves —una cifra superior a la de toda Norteamérica— concentradas en un territorio geográficamente pequeño, resulta casi imposible no contagiarse del entusiasmo ante la variedad de criaturas plumadas que salen al encuentro del visitante. Además, el país cuenta con guías naturalistas altamente calificados que transforman cualquier expedición de observación de aves en una profunda lección educativa.
Una de las razones primordiales que explican la extraordinaria riqueza ornitológica de Costa Rica es su asombrosa variedad de hábitats y ecosistemas: humedales, manglares, playas, densos bosques lluviosos, ríos y bosques nubosos de altura. Lo más ventajoso para el ecoturismo es que estas zonas de vida, junto con sus respectivas poblaciones de aves residentes, se encuentran a menudo a muy cortas distancias de viaje. Asimismo, los observadores de aves que nos visitan durante el invierno del hemisferio norte reconocen de inmediato rostros familiares en el bosque, ya que una inmensa variedad de especies migratorias como reinitas, mosqueros, víreos y bolseros viajan a Costa Rica cada año para refugiarse del frío.
El ejemplar sistema de parques nacionales y áreas protegidas del país ofrece terrenos más que amplios y seguros para la práctica de la observación de aves; no obstante, prácticamente cualquier rincón del suelo costarricense es ideal para avistar especies interesantes. Incluso los jardines de los hoteles en el área metropolitana de San José albergan coloridos visitantes cotidianos como la tangara azuleja (viuda), el icónico pecho amarillo (cristofué) y el perico frentirrojo.
A pesar de la abundancia general, quienes viajan con el propósito firme de observar aves excepcionales buscan dos joyas de la corona: el majestuoso quetzal resplandeciente, habitante místico de los bosques nubosos de Monteverde, la región de los Santos y la cordillera volcánica central; y la igualmente espectacular lapa roja (guacamaya), cuyo imponente vuelo puede contemplarse en libertad en la península de Osa o en los alrededores del parque nacional Carara.



